La mujer despierta

En tiempos de realidad virtual, vidas aceleradas, artificialidad y vacío espiritual, de sentido y moral, así como de falta de madurez según las que se expresan en el terrorismo, el extremismo nacionalista de derechas y el anuncio de movimientos identitarios absolutistas, se precisa educar para la defensa firme y reflexivamente contundente de la naturalidad y lo natural, la autenticidad espontánea, el cariño mutuo desde la sinceridad respetuosa y el respeto sincero, y desde una diversidad que parta de nuestra identidad común universal como humanos y no la olvide, en tanto, especie que se quiere y auto protege racionalmente, y que aprende a querer y a proteger desde sí misma a los demás.

Como señala, Fernando Savater, en su libro titulado “El valor de educar”, nos enfrentamos en la actualidad a un fanatismo por lo juvenil en los modelos contemporáneos de comportamiento, propio de profesiones que más tienen que ver con la imagen y la apariencia física de las personas. Por eso señala lo siguiente: “Lo joven, la moda joven, la despreocupación juvenil, el cuerpo ágil y hermoso eternamente joven a costa de cualquiera sacrificios, dietas y remiendos, la espontaneidad un poquito caprichosa, el deporte, la capacidad incansablemente festiva, la alegre camaradería de la juventud…son los ideales de nuestra época […] El espíritu del tiempo asegura hoy que quien no es joven ya está muerto”.

En este sentido, existe un amplio desprecio por lo antiguo, lo “viejo”, lo clásico o lo acaecido, y rige un obsoletismo acelerado del tiempo que olvida rápido y para el cual la memoria individual y colectiva sólo es una emoción momentánea percibida como una aventura más de un encuentro rabioso con la muerte.

Lo anterior afecta, especialmente, a las mujeres de las sociedades actuales que trabajan en los medios de comunicación, en la televisión, las redes sociales o el cine, y que están constantemente sometidas a la presión de los comentarios ajenos acerca de su imagen exterior o física, así como su cuerpo y su manera de ser. En Honduras, el machismo exige cierto tipo de moldes femeninos que representan para las mujeres un exceso de preocupación por su apariencia externa y les crea un complejo ante el paso del tiempo y los años, que se traduce en el miedo a envejecer y perderlo todo en su vida. Es por eso, que dicha violencia sutil machista y patriarcal termina con saña y odio contra las mujeres que se dejan tratar de ese modo y no se rebelan o no saben cómo rebelarse a dicha imposición. Buscar ayuda es una forma de escapar de relaciones tóxicas, y denunciar cuando se pueda por todos los medios a nuestro alcance para que no se pierdan más vidas femeniles. Necesitamos mujeres despiertas, no mujeres dormidas ni ciegas.

Para Karl Jung, la mujer despierta no encaja en ningún molde, porque no pretende encajar en ninguno. Camina con una luz propia intensa, porque su alma no se deja domesticar, y el género masculino no la puede dominar, porque aprendió a escuchar su propia respiración en la soledad, no busca aplausos ni permisos, solo es. No espera ser elegida, sino que ella es la que elige, le rompe el guion emocional al hombre que desea seducirla con trucos y jugar con ella. La mujer despierta ilumina la presencia de los demás y quita las máscaras, exige que los demás se quiten sus máscaras y su misterio es, en realidad, su libertad. Mujer que no baja la mirada para encajar y no desea aplausos baratos, no necesita ser aprobada por nadie, ni celebrada ni el reconocimiento ajeno para ser ella misma. El ego necesita alimentarse para no perderse, pero la mujer despierta no actúa por ego, ni para caerle bien a nadie, ni compite para tener valor, sino que domina con una fuerza que se sostiene sola acompañada de verdadero amor auténtico, ya que no espera nada. Ante ella, los demás dejan de pensar en tácticas y de controlar, sin el disfraz del ego, y surge la conexión auténtica que exige verdad y la verdad exige desnudez del alma. La mujer despierta no se vende a cambio de cariño, solo quiere la verdad, y no se refugia en su ego, ni escenario alguno donde presumir; frente a ella todo el teatro pierde sentido, porque no tiene prisas, no busca que la rescaten y no pierde su equilibrio. La mujer despierta es intensa porque es verdadera y no es hipócrita.

Como ha dicho Antoine de Saint-Exúpery, el autor de El Principito: “La felicidad de una mujer no está en los lujos ni en la adoración vacía, sino en la paz de saberse comprendida, respetada y libre para florecer. Y, el escritor Paulo Coelho, ha señalado a su vez que: “la felicidad de una mujer nace del coraje de aceptar su propia historia y sus propios misterios, sin pedir permiso para ser ella misma”. A las mujeres con inmenso cariño.

Por Irma Becerra

Soy escritora e investigadora independiente hondureña. Me he doctorado en Filosofía con especializaciones en sociología del conocimiento y política social. He escrito once libros y numerosos ensayos sobre filosofía, sociología, educación, cultura y ética. Me interesa el libre debate y la discusión amplia, sincera y transparente. Pienso positivamente y construyo formación ciudadana para fortalecer la autoconciencia de las personas y su autoestima.

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