La Identidad de Género como Obra de Arte Total

Crowd of people shaped like gender symbosl. (3d render)

El P. Ronald La Barrera del Consejo Episcopal Latinoamericano y del Caribe (CELAM), define a la ideología de género como sigue: “¿Qué entendemos por ideología de género? Es un sistema de pensamiento de carácter filosófico que interpreta la sexualidad y la afectividad humanas como un hecho puramente psicológico (preferencia y voluntad) y cultural, prescindiendo e incluso anulando toda influencia de la naturaleza en la conducta humana.

Las “diferencias” entre varón y mujer, por tanto, no provendrían de la naturaleza biológica y psíquica del ser humano, sino de una construcción cultural o social (convencional) a partir de los roles y estereotipos que se asignan a los sexos.

Desde esta óptica, cada uno podría crear su propia identidad sexual: hombre o mujer. Además, tendría el derecho de que se lo reconozca en el Registro Civil” (La Barrera, “La Ideología de Género”, 2024, 1).

Primeramente debemos decir respecto a  esta definición de que es necesario diferenciar entre “ideología de género” e “identidad de género”, ya que la primera es una visión ideológica y no filosófica de la sexualidad y afectividad humanas, como sí lo es la segunda. En este sentido, la ideología de género si es una mera construcción cultural y social negativa del ser humano, al margen de la naturaleza; mientras que la identidad de género es una construcción cultural y social positiva del ser humano, que puede coincidir con su y con la naturaleza misma y no la niega a esta última. En este sentido, el individuo del siglo XXI puede elegir libremente, una vez alcanzada su madurez sexual y mental, a qué género quiere pertenecer y a tener el derecho de ser reconocido en el Registro Civil en una identidad personal y no solo sexual válida. Pero ese proceso de liberación debe ser guiado y orientado sicológicamente.

Ahora bien, ¿por qué la ideología de género es negativa y debe combatirse y la identidad de género es positiva y aceptable? Pues, porque la primera implica un igualamiento y equiparación con los derechos de las mujeres y los hombres en tanto seres con sexo diferente y no como personas con géneros diferentes naturalmente determinados. Mientras que la segunda es una igualdad y equidad de los distintos géneros teniendo a la persona humana como centro de la relación en su identidad, en la estructura interna de la identidad personal, en tanto liberación de la discriminación milenaria, étnica, cultural y racial que han sufrido las minorías de géneros o las personas “de la diversidad sexual”. Es por eso, que la identidad de género es aceptable, pero la ideología de género no lo es porque implica el empoderamiento agresivo de minorías diversas contra los derechos de las mujeres y los hombres, especialmente los heterosexuales.

El P. La Barrera no diferencia entre ideología de género e identidad de género y continúa definiendo la ideología de género como sigue: “[…] La ideología de género, aplica el concepto de masculino y femenino de las cosas a las personas. De aquí concluye que lo masculino y lo femenino pertenecen a lo cultural o social y que, por lo mismo, son convencionales o fruto de un acuerdo de cada pueblo y época. Al término género le dan el significado de sexo. En un primer momento, género y sexo se presentan como si fueran sinónimos y, por lo mismo, intercambiables. Luego, el término sexo es utilizado, exclusivamente, para la dimensión biológica; y el de género como “construcción social o cultural” (Ídem, pág. 1).

En esto le damos la razón al Padre, lo anterior es propio del extremismo sexual de la ideología de género que ve a la persona reducida exclusivamente a su condición y sus derechos sexuales. Pero esto no es propio de la concepción filosófica y no ideológica de la identidad de género, la cual se basa a nuestro entender, en una relación humana enriquecedora que no niega los límites morales y éticos de las relaciones sexuales corruptas (la pederastia, la zoofilia, la prostitución, la promiscuidad, etc.) sino que aprecia el valor absoluto de la relación humana en tanto obra de arte total o sea en tanto concepción incorruptible de una verdad compartida: Como una relación del cuidado de sí mismo y de la otra persona, es decir, como una relación no meramente intercambiable, vana y superficial, sino en la cual nace, surge, emerge, se desarrolla y se fortalece un vínculo sagrado desde y para el corazón, el alma y el espíritu humanos, a partir de una biología completa y no simplemente fragmentada, como debe ser toda relación humana de amor, amistad y compañerismo verdaderos que no necesita por eso exhibirse, exponerse, arriesgarse, aventurarse con otras parejas, ser infiel o desleal, para validarse, independientemente del género de que se trate.

El P. La Barrera expone algunas consecuencias de la ideología de género de la siguiente manera: “La biología, la psicología, la sociología y la filosofía demuestran que el ser humano es un “centro” de relaciones, consigo mismo (biológicas y psicológicas), con los demás (culturales), con el cosmos y con lo trascendente. Esta constatación ha llevado a definir a la persona como una “unidad” bio-psico-social-cósmico-trascendente.

La ideología de género, en cambio, defiende una visión fragmentada de la persona. Lo biológico nada tendría que ver con lo psicológico y, mucho menos, con lo cultural. El sexo “varón o mujer”, con el que se nace, sería totalmente distinto del género masculino o femenino, que dependería del sentimiento y de la voluntad de cada persona de acuerdo con su orientación o preferencia sexual, como también de lo que la sociedad defina sobre tales realidades. El género, según esta teoría, además, podría cambiarse tantas veces como así lo decida el individuo, como heterosexual, homosexual (gay o lesbiana), bisexual, transexual, intersexual u otra forma de género” (Ídem, pág. 1).

Aquí le doy la razón al P. La Barrera, porque el género, para ser una verdadera relación tiene que ser entendido esencialmente, es decir, no como una simple variación de la apariencia o como auto satisfacción externa de placeres y experimentos sexuales con cualquiera y según le interese o convenga al individuo, sino como una esencia trascendental y trascendente cósmicamente vinculante, por lo que a pesar de que el amor implica una búsqueda, también y sobre todo se necesita esperar por la pareja ideal, y no se puede estar experimentando por doquier, según le dé la gana a la persona, porque eso significaría ver el amor como un instrumento o un medio sin escrúpulos y límites, y no como un fin de totalización de la vida personal lograda con esfuerzo, sinceridad, empatía, cuidado y paciencia, algo que es válido también para la identidad de género. Y esto es válido para todos los géneros, incluyendo las personas heterosexuales.

Sigue La Barrera: “La ideología de género pretende dar un nuevo valor a la sexualidad humana sin tener en cuenta la naturaleza biológica y psicológica. La autonomía de género, según esta teoría, es tan absoluta que la cultura crea “la verdadera naturaleza” de varón o mujer al margen de lo biológico.

Pero esta afirmación, en la vida ordinaria, no tiene asidero. Lo que se percibe, de un modo inmediato y espontáneo, es que lo masculino está relacionado con el cuerpo de un varón y lo femenino con el cuerpo de una mujer” (Ídem, pág. 1).

En esto tiene razón el Padre porque la ideología de género reduce la biología a un problema del cuerpo, o a un hecho meramente fisiológico, o lo que es peor, a un instinto. Y desconoce con ello, la compleja estructura interna del ser y la naturaleza humanos como una totalidad entre lo biológico y lo espiritual, entre el cuerpo y la mente, entre lo fisiológico y la conciencia y voluntad humanas, que  no solamente “puede decidir y elegir por elegir y decidir”, sino que es capaz de decidir la mejor elección y alternativa entre todas las posibles, algo que sí puede realizar la identidad de género sólidamente construida y creada desde la racionalidad, la razón y el corazón de los seres humanos vistos como personas ciudadanas asociadas en respeto mutuo.

Y continúa el P. La Barrera enumerando las consecuencias sociales de la aplicación de la ideología de género: “Si se aceptara, por consiguiente, la hipótesis de que cada uno puede construir su propio género, al margen del ser biológico -lo cual no ha sucedido aún ni sucederá-:

  1. Desaparecería la distinción entre varón y mujer: Todos somos iguales y cada uno independientemente de su sexo, opta por lo femenino o lo masculino.
  2. Todos los tipos de uniones tendrían el mismo valor antropológico y social: De este modo, todos los tipos de relación tendrían el mismo valor, con el matrimonio varón y mujer, el concubinato, el intercambio de parejas, la poligamia, la prostitución, las uniones homosexuales, la promiscuidad, la pedofilia, la pornografía, la zoofilia, la necrofilia, entre otras.
  3. Se eliminaría el matrimonio y la patria potestad: Si se consideran iguales todas las relaciones, las esporádicas y las permanentes, se destruye el matrimonio. Pero esta destrucción no se la hace directamente, sino llamando matrimonio a todo tipo de unión efímera y cobra fuerza el divorcio, la unión de hecho y la unión homosexual. La pérdida de autoridad de los padres en la educación de los hijos es el golpe más duro contra el matrimonio.
  4. Desaparecería la familia, la sociedad y la cultura: Los Estados totalitarios lo primero que destruyen es la familia, porque precisamente, detestan toda expresión de libertad y comunión. Si la forma indisoluble del matrimonio entre un varón y una mujer y la relación con los hijos es el modo más adecuado para construir una comunidad de amor y libertad, es lógico que se trate por todos los medios de destruirla. Si el matrimonio y la familia desaparecen, igual suerte corre la sociedad. Hipotéticamente, se podría pensar en un nuevo fundamento de la sociedad. Las culturas de todos los tiempos han subsistido gracias a la presencia de las familias constituidas por matrimonios estables, donde esposos e hijos viven la comunión de vida y de bienes” (Ídem, pág. 2).

Comprendemos perfectamente la preocupación del P. La Barrera, la cual nos parece justa y por lo cual, precisamente, para que no desaparezca la distinción entre varón y mujer es necesario la identidad de género que es, igualmente válida para los heterosexuales en general, así como son necesarios los límites morales de los tipos de uniones, los cuales no son idénticos porque algunos son legales y otros son corruptos e ilegales jurídicamente hablando, como sería tener sexo con niños o menores de edad, con animales, con muertos o cadáveres, etc. No obstante, en nuestros países eminentemente agrícolas se dan mucho las uniones de hecho, sin el casamiento de los enamorados, y estas uniones están protegidas por el Derecho porque es un proceso socioeconómico muy complejo esperar el que todas las parejas lleguen al matrimonio civil y por la iglesia o solo civil. No se eliminaría el matrimonio, más bien, podemos aceptarlo en las parejas homosexuales que se han llegado a conocer bien y que asumen un compromiso mutuo responsable e indispensablemente decidido y para toda la vida. Respecto al resto de las uniones bisexuales, transexuales, promiscuas, efímeras, sí le doy la razón al P. La Barrera, porque no implican un compromiso mutuo de fidelidad. Finalmente, respecto a la importancia de la familia como núcleo de la sociedad y el Estado, es crucial defenderla también como obra de arte total decente e incorrupta. Ello, porque como podemos ver en el caso del expresidente Juan Orlando Hernández y su familia, y en el caso de la mayoría de las mafias internacionales del narcotráfico, la familia, sobre todo las familias poderosas, así como las tradiciones y costumbres ancestrales se pueden convertir y utilizar como falsos lazos de lealtad para asesinar, corromper, pervertir y realizar negocios ilícitos de drogas, alcohol, trata de blancas, prostitución, como ocurre con la mafia italiana o la mafia japonesa por ejemplo.

Luego, no creo que desaparezca la familia, la sociedad y la cultura, sino que, con la identidad de género entendida como obra de arte total de la conciencia del amor verdadero, sobre todo en las uniones homosexuales, se llegaría a fortalecer el vínculo social que no anula, desvaloriza o reduce a meros aspectos fisiológicos, reproductivos o biológicos a la persona humana y podríamos contar con nuevos aliados en la lucha contra el narcotráfico, el crimen organizado y el crimen de alto impacto. En este sentido, estoy de acuerdo con el matrimonio igualitario, pero con una salvedad: no podrían adoptar hijos ni ser competencia para la patria potestad de la unión entre varón y mujer.

Lo anterior, porque se precisa tener mucha madurez emocional, psicológica y mental para tener y criar hijos, educarlos hacia el Bien y la tolerancia relacional intradirigidos como obra de arte total. Para ello, hay que estar preparado filosófica y psicológicamente porque ser padre y ser madre no es sencillo, improvisado y fácil, si se desea realizar una labor perdurable, incondicional e incorruptible, y más en los tiempos que corren. Tal vez, esta decisión respecto a las uniones homosexuales cambie cuando la Humanidad esté y se encuentre más madura para que puedan adoptar, pero por el momento cabe y toca esperar, porque los niños necesitan una figura paterna y una figura materna para discernir guía espiritual y práctica del corazón solidario y empático de la pareja humana por esencia. Es el precio que las uniones homosexuales tienen que pagar por su elección, y que también muchas parejas heterosexuales están pagando debido al complejo transcurrir del mundo actual.

Vemos, pues, que el problema de la sexualidad en el siglo XXI no es tan sencillo ni puede ser tan moralista aunque si deba ser guiada y orientada con mayor responsabilidad y principios que hasta ahora en la historia. Lo manda la necesidad de establecer una Ética de la Convivencia para la Identidad de Género:

  1. Cuido. Para que exista una convivencia saludable es necesario aprender a cuidarnos, a cuidar a las personas que nos rodean y al propio entorno en el que vivimos. Se trata de generar una cultura del cuidado. Queremos tomar conciencia de que tener una actitud de vida de cuidar y proteger es una forma de mejorar la convivencia y nos ayuda a dar pasos para una sociedad más saludable y motivante.
  2. Aprendo. Nuestras creencias pueden ser un límite a la convivencia si no aceptamos que pueden existir unas ideas distintas a las nuestras que pueden ser incluso más acertadas. La actitud de aprender nos permite situarnos en una posición que fomenta el diálogo y el crecimiento mutuo. Nunca se sabe lo suficiente y nunca se deja de aprender. Aprender a identificar lo que nos molesta y por qué, a expresar lo que sentimos, lo que necesitamos y lo que pedimos respetando los límites de la otra persona es un gran reto que ofrece importantes beneficios para todas las partes. La escucha activa, la comunicación asertiva o la comunicación no violenta ofrecen técnicas muy interesantes para avanzar en este aspecto” (Violenciacero.org).

Eso significa, que, a pesar de la necesidad de ampliación de la identidad de género y su relativa aceptación, la relación y unión entre hombre y mujer es y será siempre preeminente a todas las relaciones humanas, por lo que los baños de las niñas y las mujeres son recintos sagrados, y ningún hombre que se crea mujer puede permitirse entrar en ellos. Es un asunto de cultura, autoregulación y legalidades diversas.

Por Irma Becerra

Soy escritora e investigadora independiente hondureña. Me he doctorado en Filosofía con especializaciones en sociología del conocimiento y política social. He escrito once libros y numerosos ensayos sobre filosofía, sociología, educación, cultura y ética. Me interesa el libre debate y la discusión amplia, sincera y transparente. Pienso positivamente y construyo formación ciudadana para fortalecer la autoconciencia de las personas y su autoestima.