Filosofía Relacional de la obra de arte total

La expresión “obra de arte total” se atribuye al compositor de ópera alemán, Richard Wagner, para hacer referencia a la unidad no improvisada ni casual de formas diferentes de manifestación artística. No obstante, podemos decir, que este concepto ya proviene de la tradición filosófica alemana, especialmente de la filosofía de Hegel, quien aunque no utiliza dicho término literalmente, sí se refiere a la obra de arte como una expresión de la totalidad o del todo global.

En su libro “Estética”, el filósofo alemán Georg W. F. Hegel, nos habla acerca de lo que diferencia a lo que podemos llamar la obra de arte total en cualquiera de sus expresiones artísticas (música, pintura, escultura, danza, arquitectura, poesía, teatro, etc.), de las obras superfluas y mediocres que, sobre todo, en los tiempos actuales, pululan por ahí congraciándose con la vulgaridad, la superficialidad, el bajo nivel y la violencia con que sus autores manejan el arte de crear.

La obra de arte que no alcanza a ser artística se caracteriza, nos dice Hegel, por la abstracción y dureza de los caracteres o personajes tratados, por su firmeza meramente formal, que se aparta de lo general o el todo y que se desata de la sola individualidad del autor, lo que tiene como consecuencia imperturbable a la pasión sin reflexión simultánea, y que solo se enfoca o va enfocada en la auto satisfacción ya que el autor se queda atrapado en una forma abstracta de la producción artística vacía de contenido substancial (Pág. 553).

Es por esa abstracción meramente formal y auto satisfactoria que en la obra de arte superficial se plasma un concepto filosófico de la realidad en la cual ésta última aparece como dura, descarnada, sucia, ruidosa, oscura, sin luz, negra, violenta y meramente instintiva que describe los hechos de la realidad, pero no los eleva a un nivel superior de más elevada y mejorada transformación creadora positiva y constructiva de la misma.

La obra de arte total, en cambio, implica el desarrollo de la interrelación interna y su necesidad, pasando de etapas inferiores a superiores, en las que se observa una dimensión de totalidad o alcance global que refleja el despliegue sincero y auténtico de toda el alma y el corazón de su autor o de su autora. Recién ese paso gradual es lo que construye la interrelación interior del contenido de la obra vista ya no solo formalmente, sino como sustancia del contenido o sustancialmente. Es decir, en la obra de arte total, ocurre una aprehensión del enlace interior no del libertinaje ni la improvisación casual sino de la necesidad de un contenido profundo, serio y no superficial o vulgar, sino consciente de la necesidad perentoria de mejorar las relaciones humanas.

El verdadero escritor no improvisa, el verdadero artista se atiene a las leyes de la creación artística porque el arte es una ciencia no un mero quehacer de simple expresión voluntarista subjetiva de las formas que constituyen el mundo real. El verdadero artista es el que logra esa interrelación del contenido y con el contenido y, para ello, precisa de formación filosófica sin la cual solo se pueden expresar simples intereses de la forma y no necesidades cualitativamente enlazadas en una interrelación orgánica del contenido interno de la obra misma. Para Hegel, solo el artista que trabaja las interrelaciones internas del contenido es el que logra alcanzar la verdadera objetividad de la realidad, vista y entendida como una totalidad en autoformación y auto lográndose en silencio. No es por esa razón, la bulla o el ruido lo que hace de la creación artística su razón y destreza de ser, sino el pausado tempo o métrica del sonido del silencio, lo que nos vuelve reflexivos y sensibles.

En este sentido, Hegel nos habla de la necesidad de superar la simple objetividad externa de la obra de arte, o sea, una objetividad en la que la forma y el contenido de la realidad aparecen como existiendo separadamente, aislados uno del otro y manifestándose en una forma exterior al autor mismo. Por eso, en las obras superficiales la realidad se presenta como abominable y dura. Sin embargo, señala Hegel, la finalidad del arte es despojarse tanto del contenido como del modo de manifestación de lo cotidiano, para trabajar el mundo de una forma racional verdadera a través de la actividad espiritual (Pág. 282). Algunos llamarán cuadrado a Hegel, pero no hay duda, que este gigante del pensamiento nórdico occidental sigue estando vivo y bien actual.

Hegel nos habla, además, de aquella condición de interioridad no desplegada cuando el artista reprime su alma, su espíritu y su corazón en exterioridades superfluas y brutales que le delatan como poco original, pues, la originalidad se logra si el autor de la obra de arte consigue desplegar toda su capacidad interior creadora en las formas individuales que está creando y la plasma en la verdadera objetividad, que es aquella que, supera la subjetiva conducción o el manejo subjetivo de la forma sustituyéndola por el contenido con sustancia. Ello, porque lo grandioso de una obra de arte no es lo que no se dice, sino lo mejor del artista como persona y la verdad, no de su ego, sino de su alma integral como mérito y esfuerzo genuinos logrados con disciplina, paciencia, información adecuada, constancia, tenacidad y corrección de errores. De esa manera, para Hegel, el arte suprime, por igual, la simple casualidad de la forma como de su manifestación externa y le coloca también al artista la exigencia de que este erradique de sí mismo las particularidades casuales de su personalidad subjetiva (Pág. 285).

La profundización estética de la obra de arte total se diferencia mucho del manejo formal de las casualidades inherentes al proceso de creación artística, porque posee un concepto no descarnado de la belleza sino natural, espontáneo y sublime a la vez. Eso significa que el contenido verdaderamente objetivo de la obra de arte creada y lograda bajo principios relacionales de la Filosofía como ciencia de la creatividad dialogada y pensada para el ejercicio del Bien, no es agresiva ni justifica de ninguna manera la violencia contra el género humano, porque la eleva a un nivel de mayor comprensión ínter relacional entre las personas, buscando crear un estilo que se atenga a las leyes de la propia creación artística y que tienen que ver con la dialéctica entre forma y contenido, interno y externo, subjetividad y objetividad, formalidad abstracta y totalidad concreta, etc. Pero, sobre todo, tienen que ver con el máximo principio ético de “manifestarse artísticamente de tal manera en la forma como sea posible desplegar un contenido interno dentro o habitado en la necesidad misma e inherente de crear para humanizar el mundo, no para pervertirlo ni destruirlo más”. De ahí, que el verdadero artista no malgasta su tiempo en cafés, no es un “creador” de salón o un amante de la necrofilia y el culto a la muerte. El estilo de nivel sublime, es el que en Estética Relacional denominamos de construcción positiva de la verdad vista como un todo ya que proviene del espíritu no fingido del artista en cuestión. Por eso, y para finalizar, el estilo no es algo meramente externo sino como dice Hegel, “es el hombre mismo entregándose como verdaderamente es”.

Por Irma Becerra

Soy escritora e investigadora independiente hondureña. Me he doctorado en Filosofía con especializaciones en sociología del conocimiento y política social. He escrito once libros y numerosos ensayos sobre filosofía, sociología, educación, cultura y ética. Me interesa el libre debate y la discusión amplia, sincera y transparente. Pienso positivamente y construyo formación ciudadana para fortalecer la autoconciencia de las personas y su autoestima.