En aras del respeto mutuo que nos merecemos todas las personas, junto a los animales y la naturaleza en general, debemos completar los imperativos categóricos kantianos con aspectos humanizadores que tienen que ver con la forma concreta en que nos tratamos unos a otros y en que materializamos dichos principios universales de la conducta, esbozados por Kant sobre todo para la vida social cotidiana en la historia humana, y completados por Theodor Adorno, en su exigencia de que hechos como los de Auschwitz o similares, no puedan volver a repetirse en la historia; y, Karl Mannheim, en su exigencia del relacionismo comprensivo que nos lleve a relativizar nuestra conducta propia y ante los demás, para que podamos entendernos mejor unos a otros.
En este sentido, podemos agregar al primer imperativo del fin en sí mismo la prohibición total y absoluta de tener la intención de maltratar o la de maltratar de hecho a las personas, especialmente a las personas buenas, que son aquellas que se atienen siempre al respeto irrestricto de la dignidad humana y nunca instrumentalizan una relación reduciéndola a ser solo un medio.
El nuevo imperativo categórico que así surge es el del respeto total a las personas que son hadas bienhechoras del humanismo inherente a toda la Humanidad: “Obra de tal forma que no maltrates en tu propia persona o en la persona de otro al hada del cariño que llevas dentro y a su corazón y su mente consagradas como fin y nunca como simple medio”.
Y, seguido: “Actúa de tal forma que no reduzcas tu persona o la persona de otro al medio del maltrato, sino siempre al fin en sí mismo del respeto y el cariño a la dignidad del hada que lleva toda persona dentro de sí misma, con la finalidad de proteger a la Humanidad de la invasión destructiva de los misántropos y los malvados”.
Por lo tanto, aprendamos concienzudamente a relacionarnos mejor para que nos guiemos por el nuevo imperativo categórico del cariño mutuo que nos enseña a amarnos unos a otros, sin maltrato, sin humillar, sin denigrar, sin ofender, sin mancillar, sin desvalorizar a otros o a nosotros mismos, en la medida en que relativamos nuestra propia persona, cuando nos creemos más listos, más rápidos, más fuertes, más astutos o inteligentes y menos necesitados, por causa de esa soberbia, de emociones, empatía y sensibilidad.
Así, pues: “Obra de tal forma que cuides en tus acciones prácticas cotidianas y en tu manera de hablar y comunicarte a la persona humana en general, para no dar la impresión de ser cerrado a la lectura y la acción comprensivas, porque crees que puedes prescindir de éstas últimas ya que, según tú, eres “más rápido o rápida” que los demás y por eso llevas la delantera y las de ganar”.


