Putin es quien controla los hilos del orden mundial

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En el mundo de hoy asistimos al auge de la extrema derecha occidental, especialmente activa en Estados Unidos de América con Donald Trump y su movimiento MAGA (“Made Amerika Great Again”), así como en Alemania con el crecimiento de Alternativa para Alemania (AfD), y en el resto de Europa al asumir el poder siete gobiernos de ultraderecha, liderando 7 Estados de la Unión Europea, entre ellos la Hungría de Víctor Orbán.

Encontramos que esta renovación de un discurso ultraderechista contra las instituciones democráticas y el liberalismo político, así como contra los migrantes, las mujeres, las minorías de la diversidad, las llamadas “élites corruptas” y todo lo que no concierna o sea diferente a la supremacía de la raza blanca, no constituye solamente un movimiento ideológico sino una verdadera revolución de derecha y una distopía, ante las cuales la izquierda se encuentra perpleja, sin argumentos sólidos, debilitada e imposibilitada de responder con éxito, sobre todo a electores cada vez más inclinados a dejarse llevar por sus emociones, sus agresividades internas, sus desilusiones y sus sentimientos patriotas.

Sin embargo, hay una peculiaridad en dichas tendencias que no encontramos en el fascismo clásico: su discurso y la forma de su retórica nacionalista se parece mucho a los de la propia izquierda, hasta el punto de que Trump y Putin convergen cada vez más en la creencia en un autoritarismo chovinista, un líder de mano dura y una sicología de masas que utilice a los medios de comunicación para propagar mentiras y falsas noticias que enaltezcan el nuevo nacionalismo de imperios que ya creíamos desaparecidos, y que para Rusia se ha encargado el ideólogo ruso Alexander Dugin, de propagar y legitimar teóricamente.

Existen bastantes evidencias de la complicidad política entre Trump y Putin, al mismo tiempo, que semejanzas en su forma de gobierno en sus respectivos países. Por ejemplo, en ambos encontramos un desprecio por Europa a la que los dos consideran no un aliado sino un enemigo a debilitar a toda costa. Además, ambos comparten valores de un nacionalismo chovinista a ultranza que les hace hacer resurgir el tema de la guerra, en especial, las guerras invasoras, como mecanismo para resolver los conflictos entre los pueblos y las naciones.

De sobra es conocida la injerencia rusa en las elecciones norteamericanas en las que perdiera Hilary Clinton contra Donald Trump. Y de sobra es conocida la “amistad” que une a Trump y Putin, y cómo este último sabe manipular al presidente norteamericano, alabándolo y halagándolo constantemente, haciendo sentir a Trump como un niño embelesado al que le dan dulces. Pero, sobre todo, lo que más llama la atención de esta semejanza entre la ultraderecha y el nacionalismo ultra extremista de Putin, es el acercamiento y la simpatía de los movimientos de ultraderecha europeos con el propio Putin, así como el apoyo material y financiero de este último a los partidos políticos de la ultraderecha europea.

Como señalase, David Fernández, en 2017: “En el último año, la influencia y el apoyo de Moscú a los líderes de la extrema derecha nacional-populista ha resultado evidente en la elección de Donald Trump como presidente, gracias, en parte a las filtraciones provocadas por el hacking ruso. Mientras tanto, en Europa, Moscú no se ha limitado al hacking. El Kremlin también ha extendido su influencia a través de la financiación de partidos nacionales populistas, el uso de medios de comunicación gubernamentales rusos o una red de “think tanks” y ONGs pro-rusas”.

Y, más adelante, señala el autor citado: “Los partidos nacionalistas-populistas de Europa Occidental rechazan el actual modelo político liberal occidental y ven el régimen autoritario ruso y su ideología nacionalista autoritaria, tradicionalista y económicamente estatista […] un modelo a seguir. Tanto El Kremlin como estos partidos comparten una visión de los valores occidentales -liberalismo, librecambismo, tolerancia sexual y racial o multiculturalismo- como signos de la decadencia de Occidente. La admiración de estos partidos por el modelo político ruso se extiende también a la figura de un líder fuerte autoritario, capaz de defender unilateralmente los intereses nacionales de su país.

Por su parte el Kremlin tiene interés en fomentar la existencia de una alianza de partidos favorables a Rusia. En primer lugar, las sanciones económicas han dañado significativamente la economía rusa, la cual depende de la exportación de hidrocarburos a Europa. Por lo que la existencia de partidos que a nivel nacional y europeo presionen para acabar con las sanciones les es beneficioso. En segundo lugar, la existencia de una alianza de partidos pro-rusos, permite a Rusia salir de su aislamiento internacional mientras que, si estos tuvieran éxito en debilitar la UE o incluso gobernar, podrían no solo retirar las sanciones, sino crear un espacio donde Rusia podría ejercer de poder regional dominante, o al menos recuperar su tradicional área de influencia en Europa del Este que ha perdido como consecuencia de la expansión de la OTAN y la UE”.

Y: “El Kremlin y el partido gubernamental ruso, Rusia Unida emplean foros de discusión pública, grupos de presión, viajes pagados e invitaciones a conferencias en Rusia, organizaciones gubernamentales […] con el objetivo de apuntalar la relación entre Moscú y los varios partidos nacional-populistas europeos […] Los miembros de los partidos populistas son invitados con regularidad a eventos tales como el “Foro de Donbass” o “Eropean Rusian Forum” o como observadores internacionales en las elecciones celebradas en Crimea o en las repúblicas secesionistas pro-rusas en Ucrania. En estos foros, los líderes de la extrema derecha europea establecen contactos entre sí y también con figuras importantes del régimen ruso”.

Y respecto al financiamiento de estos partidos de extrema derecha, el “único caso formalmente documentado es el del Front National de Marine Le Pen, que, debido a su incapacidad de obtener préstamos por parte de los bancos franceses, pidió un préstamo al “First Czech-Russian Bank”, controlado por un oligarca cercano al Kremlin. Este banco prestó al partido nueve millones de euros. Aunque es el único caso público, dada la opacidad que una operación de ese tipo requeriría, existen ciertos rumores, si bien desmentidos, sobre el posible origen ruso de la financiación de la Lega Nord italiana o de la alemana Alternative für Deutschland”.

Lo anterior, confirma la tesis que siempre hemos presentado en estos ensayos acerca de que Vladimir Putin no es de izquierda, sino que representa una ideología imperialista chovinista que trabaja con los sistemas de inteligencia y espionaje para vigilar a los ciudadanos rusos y a todos los ciudadanos del mundo, y para controlar, hasta al mismísimo presidente de los Estados Unidos de América.

Putin es quien maneja los hilos del actual orden mundial internacional y la estrategia imperialista invasora de dicho orden. No sería de extrañar que la decisión de invadir  Venezuela por parte de Trump para sacar a Nicolás Maduro haya venido de la influencia del propio Putin. Los líderes latinoamericanos que siguen viendo en él a un líder del socialismo real se encuentran muy equivocados y los cubanos no deberían de confiar demasiado en que Putin saldrá en su ayuda si Trump decide invadir Cuba.

Es hora de despertar ante esta alianza mundial de la ultraderecha por ganar terreno y poder y que no es solamente una simple nostalgia del pasado fascista, sino que conlleva una reacción de protesta mundial de las clases medias ante el neoliberalismo y la crisis de la democracia y las instituciones liberales con su individualismo extremo. El problema no es pues meramente subjetivo, sino que tiene raíces y causas reales objetivas que es preciso analizar. Por eso son peligrosos y por eso estamos en el deber de crear un discurso político de izquierda que afronte los problemas reales de nuestro mundo y nuestras sociedades, y que ya no siga repitiendo un marxismo-leninismo-maoísta de corte radical constructivista que ya no convence a nadie. Y eso significa idear una filosofía política de nuevo tipo para un patriotismo democrático y una democracia patriótica que ponga la función social de la política en su pleno centro y lo fije argumentativamente en el punto medio. De ese modo, crearíamos los fundamentos filosóficos para una Rusia más europea y una Europa más independiente de Estados Unidos de América, y más segura.

Por Irma Becerra

Soy escritora e investigadora independiente hondureña. Me he doctorado en Filosofía con especializaciones en sociología del conocimiento y política social. He escrito once libros y numerosos ensayos sobre filosofía, sociología, educación, cultura y ética. Me interesa el libre debate y la discusión amplia, sincera y transparente. Pienso positivamente y construyo formación ciudadana para fortalecer la autoconciencia de las personas y su autoestima.

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