Es nuestro medio es muy común encontrar textos y autores que generalizan las características meramente negativas de nuestra sociedad, aduciéndolas a la “condición de ser hondureño”, o “a la nacionalidad hondureña”, la que ven como un lastre de personas que habitan este territorio, que han “nacido prácticamente ya atrofiadas”, es decir, incapacitadas para hacer de Honduras un país mejor, solo por el hecho de “ser hondureños”.
Esta visión fatalista y poco científica se encuentra muy difundida, incluso en los mismos hondureños, los cuales no creen en sus connacionales y, más bien, comparten la creencia de que Honduras no avanza porque somos “los hondureños los culpables todos de que estemos tan mal como estamos”.
He dedicado toda mi vida creativa a combatir esta visión falsa e insulsa, por considerarla una forma antifilosófica de condenar a todo un pueblo a la parálisis histórica, al sometimiento y al autoritarismo, mecanismos éstos de opresión que las propias élites económicas, políticas, religiosas y sociales de nuestro país, se han encargado de aplicar para que las personas vivan resignadas, agobiadas y acomplejadas con el hecho de “ser hondureño”, que es lo mismo que decir “ser poco inteligente y atrasado”.
No se le puede robar a un pueblo su propia historia, por muy poco accesible y difícil que esta haya sido, y no se le puede robar su futuro histórico desde un presente mejor comprendido para alentarlo a transformar su realidad nacional en aras de mejores derroteros integrales de toda la sociedad si se la quiere ver realmente como un todo.
Un ejemplo de textos que cuestionan la capacidad de los hondureños de marchar hacia mejor, es el escrito de Edgardo Molina, titulado “La doble moral del hondureño”, publicado en criterio.hn el 9 de mayo de 2026. Vamos a analizar críticamente este texto, así como los argumentos expresados por su autor al sugerirle que no difunda visiones tan distópicas de nuestra identidad nacional y nuestra sociedad, porque ello solo contribuye a que las personas se sientan abatidas en una situación de absoluta inmovilidad estática y suicida.
Sin negar la aguda crisis económica, política y moral por la que atraviesa la sociedad hondureña actualmente, intentaremos ahondar en las causas que la provocan y profundizan, así como en las posibles soluciones que precisamos adoptar para ir transformando nuestra historia sólo de evolución a una historia de transformación, desde un proyecto de nación social para todos los habitantes y ciudadanos de Honduras, el corazón de Centro América. Ello, porque creemos en Honduras y creemos firmemente en los hondureños y las hondureñas, como entes perfectamente capaces de un cambio estructural que haga mejorar nuestra condición de ser, no seres inválidos mentalmente, sino personas a las que se les deben derechos, porque hasta ahora solo se les ha exigido el cumplimiento desigual de deberes. De hecho, las élites no han querido cumplir con una igualdad de los deberes ciudadanos, lo que ha llevado a una gran injusticia en una sociedad en la que se premia la sumisión y la ausencia de pensamiento crítico y educación formativa del ejemplo y la voluntad consciente.
El texto en cuestión comienza con una tesis central acerca de que la sociedad hondureña se está volviendo cada vez más “homogénea” debido a la falta de institucionalidad fuerte, lo que, según el autor, explicaría las conductas y los comportamientos violentos de la población. Sobre esto dice: “En un sistema de creencias dañado como el nuestro, en el que las instituciones del Estado están quebradas o son endebles, la sociedad se vuelve menos heterogénea, más volátil y, en consecuencia, desarrolla una doble moral”. La causa, pues, según Molina, de la doble moral del hondureño residiría en el hecho de que posee un “sistema de creencias dañado”, pero el texto no explica a qué sistema de creencias se refiere, y mucho menos aclara, ¿por qué dicho sistema de creencias es verdadero y conduce a la moral, se encuentra dañado? ¿Estamos dañadas todas las personas de este país? ¿No hay referentes éticos en Honduras? ¿Toda la sociedad es corrupta incluyendo al propio Edgardo Molina?
A continuación, el autor nos habla de la existencia de “situaciones colectivas” que “parecen marcarse como características del subdesarrollo de nuestra población”. Y, pasa a dar un listado de 10 características de dicho “subdesarrollo generalizado de los hondureños”.
- Habla de los “psicópatas funcionales”: En este inciso prácticamente estamos incluidos todos los que trabajan, los que tienen familia, etc., que se caracterizan por ser violentos y agresivos y tener una conducta correcta en público y una conducta violenta en privado. Para Molina, sencillamente, y sin negar los casos aislados de violencia doméstica y laboral, todos somos “psicópatas que funcionamos disfuncionalmente o desviados”. Y aunque es cierto que la sociedad hondureña está enferma de una necrofilia regresiva, el autor no explica las causas y las razones de dichos comportamientos anormales.
- Habla de “falsas víctimas”: Aquí hace referencia a aquellos que justifican sus conductas violentas o los asesinatos que llevan a cabo, como madres y narcotraficantes que salen libres de la justicia, aduciendo problemas mentales y sicológicos. Aunque se dan casos aislados de estos hechos, los hondureños no merecemos que se diga de nosotros que nos hacemos las víctimas, porque la población lucha cada día de forma desesperada por enfrentarse a la injusticia, y a la carga, cada vez más pesada de sobrellevar deberes sin que se le otorguen igualmente derechos al pueblo.
- Habla de los “falsos defensores de derechos”: Refiriéndose a que todos los defensores de los derechos humanos en Honduras son corruptos y defienden intereses privados políticos particulares, sin mencionar de la persecución real y la represión que sufren los defensores en el país, muchos de los cuales han dejado su vida en su lucha cotidiana. Para Molina, simplemente “todos son falsos y abusivos”. ¿Se olvidó de los referentes éticos asesinados en este país como Alfredo Landaverde, Julián Aristides Gutiérrez, Berta Cáceres, Julián López, y tantos otros que entregaron su vida luchando por la justicia en Honduras?
- Habla de las “vírgenes de los sicarios”: Aquí se refiere a los “típicos hondureños alcohólicos y a los drogadictos religiosos”, afirmando que poseen una doble moral porque todos poseen un culto a la muerte, por lo que están interesados en disfrutar y enriquecerse a toda costa. En este apartado, creemos que el autor debió de haber dado nombres concretos porque esa forma de generalizar lo que hace es desinflarlo a uno y sumirlo en un gran abatimiento ya que es un callejón sin salida, puesto que “toda la sociedad es corrupta”.
- Habla de los “políticos corruptos”: En esto sí le damos la razón, cuando dice acertadamente: “Suelen denunciar patrióticamente los actos de corrupción, violencia intrafamiliar y narcotráfico de los partidos de oposición, pero jamás denuncian a los de su propio partido; es más, suelen defenderlos a capa y espada como si de querubines habláramos”. Esto sí lo hemos comprobado por experiencia personal. En Honduras la Ética sólo es aplicable al adversario político, pero no forma parte de las propias filas. Sin embargo, el autor debió haber mencionado la necesidad de formación ética ciudadana y cultura humanista y los intentos que se han escrito en Honduras sobre este tema, los que él parece desconocer.
- Habla de “líderes religiosos”: Se refiere a los líderes religiosos que se enriquecen a costa de la ingenuidad de sus fieles y aunque exigen una vida austera y de obediencia a éstos últimos, ellos no viven lo que predican. En este apartado, creemos que Molina debió haber mencionado nombres concretos y pruebas para darle mayor seriedad a su denuncia.
- Habla de la existencia de una “doble moral sexual”: Hace referencia a que, de una parte, nos negamos a la educación sexual en las escuelas, pero, de otra parte, este es el país con el índice más alto de embarazo adolescente de toda América Latina y el Caribe. En esto sí le damos la razón al autor, pero creemos que no debe generalizar la conducta de doble moral para todos los hombres hondureños, porque no todos son patanes sin sentimientos y escrúpulos, e inconscientes. Además, Molina debió haberse referido a la necesidad de que las organizaciones feministas cumplan un papel más efectivo en la sensibilización de los compañeros varones, y en dar a conocer los derechos de las mujeres y las niñas.
- Habla de “élites económicas”: En este apartado, el autor contradice toda su argumentación inicial caracterizada por su generalización de la doble moral de toda la sociedad hondureña, al hablar del hecho de que se nos ha inculcado la creencia de que los empresarios “son justos e impolutos y que, como recompensa a su buena conducta moral y trabajo duro, poseen riqueza y privilegios”. No menciona los enclaves, el neoliberalismo depredador extractivista, las familias de la oligarquía feudal, el monopolio de las familias árabe-palestinas, etc., en Honduras y cómo estas estructuras son las que manejan el capital comercial y financiero en el país y controlan asimismo la represión con la que resguardan su hegemonía privada. De otra parte, señala que “bajo esta lógica, el resto de la población no tiene permitido ciertas libertades debido a su supuesta holgazanería y falta de moral”. Es la primera vez que Molina toma partido en su escrito por toda la población hondureña revelando una de las principales causas de la pobreza y la explotación que sufre. O sea que ¿“la falta de moral” no es endógena ni por antonomasia en el hondureño, sino que hay razones que la condicionan?
- Habla de “xenofobia selectiva”: Aquí afirma que mientras nos quejamos de los malos tratos que reciben nuestros hermanos en el exterior tratamos muy mal a los extranjeros que se cruzan por nuestro camino o que residen en el país. En esto le damos parcialmente la razón, porque le faltó decir que en Honduras tratamos también muy mal a nuestros propios indígenas y garífunas, y renegamos de nuestro origen cultural ya sea autóctono o mestizo.
- Habla de una “estética de la violencia”: Sobre esto le damos la razón cuando señala que “mientras lamentamos las muertes violentas en el país, la narcocultura se consume en las fiestas, se escuchan narcocorridos, se admira la estética del “patrón” y se sigue viendo al narcotraficante como un héroe local”. Sin embargo, Molina no menciona la responsabilidad que tienen los medios de comunicación masiva en Honduras al reproducir el machismo y la violencia de la narcocultura y al no educar en pensamiento crítico. De igual forma, no menciona sugerencias para el Ministerio de Educación y el Ministerio de Cultura acerca de la necesidad de formar una mentalidad alterna de valores cívico-morales en nuestros niños y combatir las estructuras de las mafias y pandillas locales que mantienen secuestrados los barrios y colonias de las principales ciudades del país. De hecho, incluso se eliminó la clase de filosofía general del Currículo Nacional y los alumnos ya no llevan esta clase, donde se podrían enseñar valores morales y patrios.
El autor termina por concluir, luego de las anteriores aseveraciones, que poseemos una “identidad débil” pero que esta crisis de valores no es un destino fatal, sino un punto de inflexión para quitarnos las máscaras y tratar de ser mejores personas. Creemos que esto último es positivo porque de lo que se trata es de entender que la sociedad hondureña no es cada vez más homogénea, sino más desigual e injusta, porque sus élites no se han preocupado en generar bienestar material y espiritual para la población, por lo que de ello resulta una reacción por parte de algunos ciudadanos de odio, violencia, indiferencia, desconfianza y absentismo, sobre todo dirigida contra los más vulnerables, como son las mujeres, los niños y los ancianos de este país. Pero el problema de una “doble moral” no son los hondureños en sí que han nacido “bajo el estigma de ser hondureños”, sino todos aquellos que estando en posiciones de poder político y económico niegan la lucha del pueblo por abrirse campo y espacios en un entorno que los decepciona fatalmente y los convierte en personas que se opacan volviéndose sombras de autodestrucción de un trabajo domesticado por el carácter autoritario y despótico de los que controlan esta nación, tan poco socialmente afable. Los amos hacen creer a los esclavos que ellos son los culpables de su propio destino infortunado. No debemos ayudar a que su falso argumento deje a la gente desarmada e indefensa ante los falsos poderes del mundo. El debate está abierto.

