La realidad solidaria de la utopía humana

La realidad es la realización concreta del Bien Común y el Bienestar General de todos sus individuos asociados en comunidad culturalmente heterogénea y multilingüe, en tanto, realidad verdadera que no es un conjunto meramente homogéneo, sino una asociación de las personas de cada sociedad del mundo nacional por la negación absoluta de su falsificación artificiosa en su naturalidad que supera siempre a la realidad virtual.

La realidad del ser crea y otorga a cada pueblo comunitario un espíritu indomable de sueños e ideales de su propia humanización diferenciada, que se une a la identidad absoluta que es la Humanidad vista como un todo, y dichos ideales son siempre de mejor democratización de la historia humana para legar a las futuras generaciones un destino común de solidaridad que cumpla con la solución de sus problemas presentes y venideros. Por eso la realidad del ser es tan sencilla y compleja a la vez, porque encierra una lucha por la realización utópica del mundo en tanto concepción intercultural por la paz mundial, la justicia social y el bienestar económico de todos los individuos asociados que componen su espacio de múltiples culturas y pueblos.

Sencilla es la realidad del ser, porque todo en la vida se reduce a un solo aspecto: nuestra humilde pero firme disposición individual por ejercer el Bien como solidaridad con y para la colectividad común de la que somos parte, en armonía con los propios intereses siendo altruistas y no egoístas.

Compleja es la realidad del ser, porque nos incita a participar diariamente en la lucha por detener las malsanas intenciones de aquellos que desean finalizar el tiempo del mundo humano y disponer de él a su antojo, con propósitos meramente destructores. La lucha, pues, es compleja, pero no es ficción, es realidad sencillamente ilusionada y esperanzada en el espíritu y el sentido comunes de los pueblos.

En este sentido, hablar por esa lucha se convierte en una exigencia individual y colectiva de identidad política de culturización humanizadora del conocimiento para volvernos visibles como voz y como conciencia ante los demás, que, a veces, solo observan pasivamente y no desean involucrarse en la construcción de un mundo mejor cada día.

Dieter Conrad contrapone al carácter conceptual de esa política que solo diferencia entre amigo y enemigo, una política de un principio democrático de representación como forma fundamental de lo político en tanto “habla a favor de”, lo que significa que “lo político comienza ahí donde el “para otros”, en el sentido de ser “el interés de otros”, se mezcla con el “para otros”, en el sentido de ser “en lugar de otros””. La política que así surge es de una realidad solidaria, sobre todo, como aquella que engloba a los que son diferentes a uno mismo y con los cuales no necesariamente se debe compartir origen y experiencias.

Lo anterior, significa que el presidente hondureño actual, Nasry Asfura Zablah, de origen árabe-palestino, está obligado a ejercer una política de solidaridad con aquellos que son diferentes a él en su cultura, etnia, origen y estatus, y que constituyen el conglomerado heterogéneo originario cultural de nuestra sociedad hondureña, una sociedad que lo acogió a él y a su familia, por lo que ahora debe retribuir lo que recibió de este conglomerado nacional: una nueva identidad cultural mixta y mezclada. El presidente no debe gobernar solamente para los que se han enriquecido a costillas del pueblo y menosprecian su interculturalidad, porque avalan la guerra del racismo y la discriminación, entre ellos, incluso muchos hondureños de origen extranjero o del capital extranjero que explota a los nacionales.

En el momento actual vemos que se está gobernando para desalojar campesinos, indígenas y comunidades garífunas, etc., y no se desalojan, igualmente, las llamadas ZEDES, que son organismos y enclaves extranjeros en nuestro país, que se han instaurado autónomamente en el territorio hondureño, al margen del Estado de Honduras y sus leyes.

Asfura Zeblah solamente está gobernando hasta ahora para los ricos de este país y para un grupito de empresarios y funcionarios políticos avorazados que piensan privatizar el servicio del agua y la luz eléctrica, y repartirse así el botín que representa un Estado democrático, cuyas instituciones debilitan cada vez más.

Esa es la realidad antisocial, anticultural y de economía racista que vivimos actualmente en Honduras, y que, si no se cambia de rumbo, nos puede llevar no a una ficción homogénea absolutamente, pero sí a una lucha frontal por la justicia de una utopía humana relacional intercultural, porque cuando los pueblos se unen en una sola identidad de política cultural demuestran que la cultura es un arma imparable, ya que la integra el espíritu indomable común del sexto sentido de la comunidad que es lo que nos mantiene unidos a todos los humanos, espiritual y materialmente, a nuestra propia dignidad y su defensa en cualquier parte del mundo.

Por Irma Becerra

Soy escritora e investigadora independiente hondureña. Me he doctorado en Filosofía con especializaciones en sociología del conocimiento y política social. He escrito once libros y numerosos ensayos sobre filosofía, sociología, educación, cultura y ética. Me interesa el libre debate y la discusión amplia, sincera y transparente. Pienso positivamente y construyo formación ciudadana para fortalecer la autoconciencia de las personas y su autoestima.

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