La filosofía relacional como impulso de comprensión de la historia

Comprender es saber implicarse, según señala Agnes Heller, consciente y afectivamente en el mundo situado de la historia, con la finalidad de abarcar el sentido y la función de esta última para atender fines humanísticamente concebidos como sentir y pensar flexibles de la condición humana.

Comprender el sentido de la historia es saber entender la condición humana desde sus aspectos más relevantes en tanto intuición del reto de vivir una vida consciente. Es saber, por lo tanto, ¿por qué el decurso de la historia transcurre también para mí en sentido pedagógico?, y, para que no repitamos los errores del pasado y no sigamos repitiendo los errores del presente, porque éstos se pueden materializar indefectiblemente como vorágine y hecatombe letal en el futuro.

Comprender la función de la historia es entender nuestra implicación más verdadera en y con el tiempo desde y hacia el cuál transcurre nuestra existencia y la vida de los demás que nos rodean, próximos, cercanos o lejanos.

Significa aprehender la orientación de la vivencia de nuestra existencia como una totalidad en continuo cambio y desarrollo personal transformador que nos va dejando, a medida que transcurre el tiempo y los años, un impulso de serenidad, madurez, sabiduría, tolerancia, perdón, olvido necesario y paciencia, sobre todo en las personas psicológica y emocionablemente estables, que implican un afán de sapiencia espiritual que ya no necesita de poderíos autoritarios para enaltecerse, reconocerse, crecer y evolucionar a sí misma.

La comprensión humana que se deriva de ello es el impulso para que la luz que brilla en el interior de todas las personas, determine un quehacer afectivo y cognitivo cada vez más genuino y auténtico por potencial y efectivamente cariñoso.

En este sentido, la comprensión humana de la historia es el impulso para que la llama que flamea en el espíritu de cada pueblo, cultura, nación y sociedad, no se apague nunca por causas de un menesteroso y pendenciero combate letal a su palabra empeñada por la verdad, que es lo que constituye el primer acto de rebeldía del patriotismo democrático no chovinista. La palabra empeñada, es el primer compromiso rebelde.

La filosofía, en su mayor sentido de profunda comprensión relacional, es la ciencia de empeñar responsablemente la palabra en una promesa eterna, heroica y épica de cumplir con la lumínica relacionalidad esperanzadora que acompaña siempre a los pueblos del mundo para que no se extinga su afán civilizatorio de una Humanidad mejor posicionada material y espiritualmente.

La filosofía es, así vista y entendida, el lugar situado científicamente de la utopía, en tanto impulso de la vida para que cada persona pueda hablar de sus dificultades sin ser juzgada y pueda, a su vez, comprender que la situación por la que está atravesando, sea ésta ligera o difícil, significa que quiere a la vida en su totalidad, para poder comprenderla y entenderla sin prejuicios y siendo resiliente ante el dolor y el sufrimiento. Sólo de ese modo, la muerte deja de ser un poder omnímodo sobre el ser humano ya que éste último ya no se escinde entre permanecer en el recuerdo o perecer en el olvido indomable de la memoria individual y colectiva, porque se negó a comprender. Cuando se comprende y entiende uno a sí mismo y a los demás; cuando nos comprendemos y entendemos mutuamente, sin muchas palabras, con silencios, con afectos, la muerte se convierte, a pesar del dolor y el sufrimiento válidos, en un eterno legado de recuerdos de innumerables momentos cariñosos que no son perecederos jamás.

El impulso de la implicación histórica del individuo le sitúa a éste en el centro de la comprensión de la otra persona que no es más que la natural motivación del esfuerzo genuino por entender y descubrir ¿qué clase de corazón tiene el otro o la otra persona?

Nos situamos en el mundo desde nuestra necesidad imperecedera de avanzar movilizándonos por superar toda forma de falso encubrimiento, simulación, engaño e hipocresía, que nos pudieran cubrir con un velo el rostro y el alma, en un mundo ya suficientemente complejo e inhóspito.

Desde esta perspectiva, humanización comprensiva de la verdad histórica viene a significar el desmitificar, descolonizar, desaprender y reaprender, desacelerar y no fenecer, agobiarse, marchitarse o apagarse en el intento.

Ahora bien, ¿para qué está la historia? ¿de qué sirve la historia? ¿para qué construimos historia? Pues, sencillamente para impulsarnos vitalmente hacia adelante y para aprender a querer progresión que conoce sus propios límites y sueña sus propias posibilidades. Para comprender, además, lo que significa estar comprometido con nosotros mismos y con los que nos rodean, con un mundo exterior que siempre y pese a todo, está y estará dispuesto a escuchar lo que somos, lo que queremos ser, y lo que podemos ser cuando es la libertad que otorga conocer el corazón del otro, lo que dirige nuestros pasos. Dejemos pues, que sea el impulso de la comprensión humanista de la historia desde su democratización patriótica lumínica, la que traiga la paz mundial e individual, a la que todos en este reino aspiramos, porque su vivencia ha sido del Bien Común Potencial y Efectivamente Cariñoso, y por eso su recuerdo y su praxis como accionar siempre repetible son imborrables.

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Categorizado como Filosofía

Por Irma Becerra

Soy escritora e investigadora independiente hondureña. Me he doctorado en Filosofía con especializaciones en sociología del conocimiento y política social. He escrito once libros y numerosos ensayos sobre filosofía, sociología, educación, cultura y ética. Me interesa el libre debate y la discusión amplia, sincera y transparente. Pienso positivamente y construyo formación ciudadana para fortalecer la autoconciencia de las personas y su autoestima.

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