No hay duda de que el presidente norteamericano, Donald Trump, es un autócrata que necesita de enemigos internos y externos, que le permitan destruir la democracia a nivel nacional e internacional, en la medida en que la plantea como una forma ineficaz, débil y poco ambiciosa de gobierno, frente a la cual él enarbola la banderilla del Estado de mano dura, de fuerza bruta y decisiones rápidas y fácilmente razonadas.
Desde esta política de guerra, tanto interna como externa, con la guerra contra Irán y contra las largamente construidas históricas instituciones democráticas estadounidenses, Trump lo único que ha conseguido es acorralarse a sí mismo y desprestigiar al país, tanto entre la población norteamericana como a nivel del mundo global. La marca de su organización Make America Great Again (MAGA) ya va quedando descolorida y su slogan no atrae más adeptos fanatizados por la grandeza que prometía.
No es casual que su política de guerra se encuentre cada vez más en una profunda crisis, tanto económica como política. Al interior de USA, porque con la guerra en Irán han subido los precios de la gasolina y de todos los productos alimenticios básicos, hasta el punto de que la población norteamericana ya no soporta tanta carga impositiva y tributaria para financiar “proyectos del presidente” que el había prometido no realizar. Había dicho que no gastaría en más guerras.
También al exterior la guerra contra Irán está agotando los recursos financieros y bélicos del Tesoro de los Estados Unidos de América. Al Pentágono se le están agotando las municiones y el dinero y tiene que recurrir constantemente al Congreso para solicitar más financiamiento, porque los iraníes han dado muestras de que no piensan detenerse en la defensa de su país.
Cada misil norteamericano se tarda un año en ser construido y vale cuatro millones de dólares, y en el primer ataque los USA lanzaron 800 misiles que equivale a la producción de todo un año.
A Trump se le agotan ya las razones para seguir sosteniendo su diabólica política de guerra que está desgastando masivamente la democracia estadounidense. No en vano ha empezado a construir barricadas y un muro perimetral alrededor de toda la Casa Blanca, al mismo tiempo, que ha remodelado, ampliado y acondicionado su búnker privado en los túneles de la Casa Blanca para enfrentar posibles estallidos y eventos violentos. También ha despedido a miembros de su seguridad privada que no le inspiran más confianza, y a militares disidentes, etc. En fin, se encuentra muy preocupado preparándose para una eventual guerra civil al interior de los propios Estados Unidos de América si las elecciones de noviembre próximo le son desfavorables y los republicanos pierden la Cámara Alta y Baja del Congreso.
Ante estos posibles eventos concretos creemos que Donald Trump se encuentra acorralado por su propia política guerrerista y la pregunta es por ello: ¿qué harán los demócratas para aprovechar al máximo esta crisis de los republicanos los que ya, igual que el resto del pueblo norteamericano, han dejado de creer en un presidente invencible y capaz, y, porque los costos de dicha incapacidad presidencial los están asfixiando a todos?
Es necesario que los demócratas bajen el tono de su discurso político acerca del socialismo y se concentren en la defensa de la democracia y de las instituciones democráticas, como verdaderas alternativas a toda forma dictatorial, autócrata o totalitarista de gobierno, porque Trump está ya hablando de hacerle frente al enemigo comunista como lo siguiente a combatir y de que las elecciones de noviembre serán manipuladas por la injerencia china en USA.
Los discursos radicales de izquierda no ayudarán a que los demócratas ganen las próximas elecciones presidenciales, ya que se necesita de un candidato o una candidata que sepa mediar entre el sistema capitalista y un sistema más socialmente justo que lleven a la paz nacional y mundial. Los discursos radicales resultan muy aventurados para la población norteamericana, una de las más desinformadas poblaciones del mundo, que no comprenderán lo que es el socialismo y por qué este no es el enemigo próximo que combatir. Sólo una política y un discurso moderados pero firmes que promuevan la inversión humanística universal en la paz perpetua mundial, y una democracia participativa plena podrán tener éxito y evitar la guerra civil interna que se anuncia y avecina en los propios Estados Unidos de América.
Un proverbio africano señala que “si el árbol tiene raíces profundas, no debe temer el soplo del viento”. Porque sus raíces democráticas no son profundas, el árbol de la guerra civil de Trump le teme al soplo del viento. Por eso, mientras sopla ese tiempo de viento, Trump ha decidido encerrarse y ser su propio prisionero en su búnker para pasar cómodamente la vorágine que el mismo ha creado. Pareciera, que hasta Donald Trump está ¡cansado de Trump y el trumpismo! Nadie engaña al tiempo, pero, sobre todo, nadie se engaña a sí mismo.


