Por Wilder Guerrero
Es importante dejar claro que, los avances tecnológicos no representan en sí mismos, como no lo han hecho nunca, peligros contra la humanidad. Sin embargo, algunos avances se han usado contra el Hombre; lo cual no resta importancia a la tecnología, sino que alerta sobre la necesidad de regular los usos y evitar los abusos que pueden llegar a darse. El siglo XX atestigua los usos más atroces de la tecnología contra el Hombre mismo; y aunque estos fueron previstos mucho antes de que ocurrieran, se establecieron regulaciones hasta que se había materializado la catástrofe cegadora de vidas valiosísimas e inocentes. En el siglo XXI, aunque la ciencia como tal no ha sido revolucionaria, sí hemos tenido avances tecnológicos revolucionarios en materia de tecnología digital, pero no se ha investigado ni divulgado suficiente información sobre las implicaciones de estas tecnologías para la libertad del individuo que vive sumergido en los algoritmos y, sin darse cuenta, también perseguido por ellos. Las redes sociales poseen grandes ventajas en materia de comunicación global; los servidores de la empresa ‘Meta’ tienen datos de casi la mitad de la población mundial y en los de Google se almacenan datos del noventa por ciento de los usuarios de internet, que representa más de la mitad de la población del planeta; esos datos son usados para gestionar la publicidad y a su vez para atrapar al usuario el mayor tiempo posible en el proceso de ‘navegación virtual’. De esta manera, estas grandes empresas han logrado prestar servicios muy buenos que el usuario no paga con dinero, pero sí con algo más valioso, tiempo de vida. Y es que el uso racional de las redes sociales es realmente escaso, porque los algoritmos están diseñados para atrapar al usuario, sea adolescente, joven, adulto o adulto mayor; sino posee templanza y autocontrol se esclavizará sin darse cuenta. Empero el peligro mayor no está en la esclavitud ‘dichosa’ en torno a la pantalla, sino en el deterioro cerebral que produce en los usuarios compulsivos, que son la mayoría. Y a ello se suma la llegada de la IA (mal nombrada inteligencia artificial), que se está adoptando de forma masiva e irresponsable. Por supuesto, el desastre cognitivo al que nos están arrastrando las redes sociales no es solo culpa del uso irresponsable, sino de su diseño en sí y la ausencia de regulaciones pensadas en favor del bienestar social e individual. Es bien sabido, que los algoritmos están diseñados para atrapar la atención del usuario por tiempo indefinido y, además, no se audita la información en circulación por lo cual las redes se usan principalmente para la incitación al consumo irracional y para desinformar a los usuarios desprevenidos, aun cuando esta última no sea su finalidad, es una consecuencia clara de la falta de regulación.
En cuanto a la IA, que es el tema que nos ocupa, sin duda es una herramienta muy valiosa y revolucionaria, permite hacer los procesos mecánicos más eficientes y, sin duda, mejorará muchos aspectos en los servicios que el ser humano requiere. Ya no será necesario que un hombre realice trabajos como limpiar una cloaca, reciclar y gestionar la basura de las ciudades o exponerse en el manejo de desechos químicos, entre una gama de otras tareas indispensables. La IA, como modelo de lenguaje, realiza tareas mediante un sistema de combinatoria estocástica que imita y ‘plagia sutilmente’ lo que la humanidad ha producido a lo largo de la historia. Un análisis de datos financieros que sigue procesos estadísticos bien definidos lo puede realizar mucho más rápido una IA con instrucciones claras que un ser humano con herramientas de programación. Hacer una elección acertada entre miles de posibilidades también es una tarea que puede realizar la IA con mayor probabilidad que el ser humano. Podrían enumerarse cientos de tareas en que la IA es más eficiente y rápida que el ser humano. Empero, ello no significa que esta sea ontológicamente superior al ser humano y mucho menos intelectualmente. Primero porque nada creado puede superar a su creador en términos ontológicos y segundo, porque toda creación humana tiene límites inferiores a toda la potencia creadora de la humanidad.
Por otro lado, la IA tiene limitaciones de entrenamiento y autogestión que acaba en errores que probablemente lleven la herramienta al fracaso financiero y su uso quede limitado a aspectos empresariales y militares, o de seguridad y vigilancia ciudadana. En este mismo orden de señalamientos, es muy importante apuntar el hecho de que la IA raras veces responde ‘no sé’ directamente y parece segura aun cuando la información sea dudosa, pues una de sus funciones de fondo es ser complaciente con el usuario, y como este no espera una ‘respuesta insatisfactoria’ según sus intereses, apegarse solo a dar información verificada le restaría usuarios y, por lo tanto, competitividad financiera. Así que la IA miente en un porcentaje alarmante de sus respuestas. Sin embargo, el peligro más importante, radica en el hecho de que los usuarios delegan pensamiento a una herramienta que no puede pensar, no existe tal cosa como un cerebro de silicio que venga a sustituir el cerebro del ser humano, la IA es solo una extensión útil del pensamiento humano y no un sustituto como se le pretende catalogar. Una IA no tiene posibilidad de crear por sí misma una teoría científica, una ecuación matemática unificada o una novela bien lograda. Ello se suma al hecho de que existen limitaciones claras de ‘software’ y ‘hardware’ que solo se pueden ir ampliando por el ser humano mismo, entonces, como toda herramienta, la IA depende del ser humano tanto en su arquitectura como en su operatividad.
Asimismo, la IA se está convirtiendo en un instrumento eficaz para la calumnia y la difusión masiva de modo que nos está llevando a un punto de no retorno en cuanto a la distinción de la verdad y la mentira en entornos digitales, los cuales ya forman parte de la realidad humana por lo que es altamente peligroso desatender este hecho. Además de la banalización de las ideas, la IA se presta para la difusión de ideas sin autor, ya que al reproducir conocimiento sin metadatos puede mezclar ideas de Aristóteles, Descartes y un Blog de internet, para solo citar un ejemplo, sin dar cuenta de ello al usuario. Parece que de forma deliberada la IA está diseñada para borrar las huellas de lo humano, de tal forma que como en los ‘memes’ de las redes sociales cualquier frase se atribuye a cualquier autor, la IA no las atribuye a nadie y se crea un ciclo donde la IA se entrena de sus propias salidas de texto, de modo que, si no se interrumpe el bucle, toda la información falaz, falsa o engañosa que genera la IA sirve para su propio entrenamiento, lo cual la va a volver inútil en ciertos ámbitos y, a su vez, más peligrosa.
Para que algunos de los problemas señalados puedan ser resueltos, es necesario que las empresas desarrolladoras de modelos de lenguaje puedan hacer una programación responsable, donde las salidas de la IA den el fundamento bibliográfico de sus respuestas, pudiendo informar a los usuarios las conexiones entre las ideas de sus respuestas y las de ciertos autores a lo largo de la historia humana. Además, las instituciones educativas, formales e informales, deben hacer un esfuerzo para informar y concienciar a las personas en el hecho que una IA no es un ‘sujeto pensante que lo sabe todo’, sino una herramienta útil para desarrollar tareas en términos más rápidos, que no necesariamente mejores que como las realiza un ser humano, pero sí mucho más rápidos.
Dado lo anterior, me parece imperativo afirmar que en este momento la IA es extremadamente peligrosa para el futuro de la humanidad. En parte por su diseño y en mayor medida por su mal uso y abuso. Personalmente, creo que las IA redactan textos horribles, con lugares comunes y pleonasmo excesivo. Sin embargo, la mayoría de la gente elogia las salidas de texto de las IA y hay muchos ‘escritores’ que en un afán por mantenerse activos en entornos de difusión masiva la están usando para ‘crear’ contenido. A ello se suma el hecho de que la mayoría de la gente recibe las respuestas de forma acrítica y tampoco tienen la capacidad de tamizar tales respuestas porque no tienen un bagaje intelectual previo. Entonces, este fenómeno podría dar lugar a una distopía donde no existe la verificación de datos. Digamos que la gente diría “si lo dijo la IA es cierto”, porque hoy por hoy así presentan las respuestas de la IA en el mundo periodístico, donde incluso llegan a confundir los sesgos estocásticos de la herramienta como “signos de voluntad” o “independencia”. Por otro lado, aunque algunos científicos de diversas áreas del conocimiento están usando IA de manera efectiva y responsable en sus investigaciones, ciertos sectores de la “academia” está produciendo montañas de artículos que no aportan nada. Para empezar, se escribieron sus antecedentes y sus marcos conceptuales con ‘modelos de lenguaje’ qué citan fuentes que no existen. Así que, podríamos pensar en una distopía futura creada por la IA donde el Hamlet fue escrito por ChatGPT y quienes tengan volúmenes originales o nieguen esa verdad, corran el riesgo de ser silenciados o desaparecidos, porque solo las salidas de texto de las IA (oráculos de la verdad) se tomen como ciertas y ya no valga más fuente que esas. Por supuesto, esta exageración retórica es una posibilidad extremadamente remota, pero sirve para señalar los peligros reales del diseño y uso irresponsables de la IA, los cuales van desde la vigilancia ciudadana, la suplantación de la identidad en entornos virtuales, la calumnia, la construcción de ‘evidencias’ falsas, la degradación de los estándares intelectuales, la inflación de la mediocridad, la degradación cognitiva, la falsificación de la historia hasta la delegación de elección entre quien merece vivir o morir.

